24/03/2020

“Hacer virtual la docencia no debe ser hacer presencial la virtualidad”

La catedrática de la URV Mercè Gisbert, experta en tecnología educativa, recomienda a los docentes tomarse un tiempo para pensar cómo adaptan los contenidos y no pretender hacer durante el confinamiento lo mismo que han hecho hasta ahora pero en formato digital. No se trata de ir rápido, sino de conseguir los objetivos de aprendizaje

“Hay que parar máquinas y pensar”. Esta última semana ha habido una lluvia de propuestas de herramientas, ejemplos, recomendaciones, etc. y los docentes se han visto en la necesidad de introducirse en el mundo de la educación en línea. La catedrática Mercè Gisbert, coordinadora del Grupo de Investigación Aplicada en Educación y Tecnología (ARGET) de la URV, considera que, una vez ya se ha entrado en contacto con la tecnología “ahora hay que dedicar dos o tres días a pensar qué queremos hacer, plantearnos los objetivos de aprendizaje, cómo los queremos conseguir y cuál debe ser nuestro papel como docentes”.

“La virtualización no significa hacer la misma clase presencial de cada día por videoconferencia y, aún menos, pretender pasar lista”. Esto no es virtualizar la docencia, “esto es hacer presencial la virtualidad, que es todo lo contrario”, apunta la investigadora. En cuanto a la Universidad, propone que, además de ser conscientes de lo que se quiere conseguir, hay que confiar en los estudiantes, saber que se les deben marcar unos objetivos, unas actividades y unas fechas límite que ellos deberán cumplir y asumir sus responsabilidades, y que no hacerlo tendrá unas repercusiones igual que las tiene en la presencialidad.

“El modelo de formación presencial que hemos desarrollado hasta ahora no podemos encapsularlo en videoconferencias y quedarnos aquí pensando que ya lo tenemos todo a punto”, ya que esto puede funcionar de momento “pero a corto plazo nos traerá muchos inconvenientes y será muy poco eficiente”, explica. Hay que ser conscientes de que no se puede concebir “un busto parlante durante una hora, como los telediarios hace unos años” y propone alternativas, como preparar microcápsulas formativas, hacer actividades complementarias, explicar conceptos breves y clave, diseñar contenidos audiovisuales -tanto con la ordenador como con el móvil- y publicarlos en los espacios de docencia compartidos o, incluso, compartirlos en las redes sociales. También resalta que hay que estar alerta siempre para hacer aclaraciones, si es necesario, pero “esto no significa que nos debamos convertir en un servicio educativo de 24 horas, siete días a la semana, sino que el seguimiento de los estudiantes requiere mucha más regularidad”, advierte. Antes de utilizar las herramientas, plantea la necesidad de hacer pruebas sin estudiantes, prepararlo y colgarlo una vez se haya validado.

Se puede grabar una conferencia y dejarla a disposición de los estudiantes: “No debemos esperar que el estudiante se conecte a la vez que el docente, porque quizás tiene problemas de conexión o cualquier otra circunstancia que le impide atender a una actividad en un momento determinado. “Gisbert asegura que hay que repensar el proceso formativo y hacerlo más flexible para aprovechar la capacidad que ofrece el hecho de que cada uno pueda gestionar el tiempo a su manera y en función de sus necesidades. Y es que, precisamente, una de las virtudes que hay que explotar en los entornos tecnológicos es la flexibilidad y la posibilidad de personalizar lo que hacemos y cuándo lo hacemos: “No hay que marcar la pauta como si los estudiantes fueran a la Universidad todo el día, porque así no funcionará.”

Considera que estar conectado permanentemente “es muy cansado y cuesta -incluso físicamente-, ya que estamos acostumbrados a trabajar en presencia. Es por ello que es necesario organizar el plan diario de trabajo de manera diferente pensando dos cosas: que se ha de favorecer el aprendizaje autónomo de los estudiantes y que el profesorado debe ser, básicamente, un guía y un apoyo en este proceso.

La potencialidad de los móviles en primaria y secundaria

En cuanto a primaria y secundaria, las estrategias tienen que ser diferentes, partiendo de la base de que no todo el mundo tiene el mismo acceso a la tecnología ni tampoco la misma competencia para usarla de manera adecuada. Hay una sobredotación de recursos pedagógicos en la red, pero hay lugares donde la conexión a la red es mala o no hay. Así como el acceso a la tecnología entre los estudiantes universitarios es bastante equilibrado, no ocurre lo mismo en los otros niveles educativos.

Una opción es pensar en la potencialidad de los móviles, porque esta tecnología sí está al alcance de todos. Es por ello que una opción para este colectivo es no imaginar recursos muy sofisticados sino que sea posible acceder a ellos y utilizarlos con el móvil. Es decir, pensar en un plan conjunto con las familias “para poder convertir la casa también en un espacio para el aprendizaje académico”. Gisbert apunta que las familias pueden ayudar en todo este proceso “pero necesitan a alguien que les pueda dar unas pautas de qué es conveniente y qué no y de qué tipo de actividades pueden hacer y cuál es el momento más conveniente para llevarlas a cabo”. Esta información se puede enviar al móvil en formato texto, de manera que no es necesario que todo el mundo tenga un aparato de última generación y es una forma de ayudar a los alumnos a seguir el ritmo de trabajo de la escuela desde casa.

Otra situación que también hay que tener presente en estos momentos es la de las familias recién llegadas que no están familiarizadas con el sistema escolar, bien porque acaban de llegar o bien porque no dominan el idioma. Esta dificultad añadida la tecnología difícilmente la puede solucionar de forma inmediata. “Hay que buscar otras fórmulas, como hacer comunidades de padres, que las AMPAS tomen iniciativas en esta dirección, que seguro que ya hacen en circunstancias ‘normales'”. Propone también voluntariado a través de personas anónimas o de estudiantes de los grados de Educación y de Pedagogía, que podrían echar una mano a estas familias.


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