El eclipse solar total del 12 de agosto de 2026 es un fenómeno excepcional, y la URV lo ha convertido en una oportunidad para divulgar la ciencia y explicarlo desde una mirada transversal que conecta disciplinas y formas de entender el mundo
Hace más de un siglo que no ocurre. El último eclipse total visible desde Cataluña tuvo lugar en 1905, y el 12 de agosto de 2026 volverá a suceder. A partir de las 19:35 horas, la Luna irá cubriendo progresivamente el Sol hasta que, hacia las 20:29 h, el disco solar quedará completamente oculto durante aproximadamente un minuto y medio. En ese breve intervalo anochecerá en pleno atardecer, la temperatura descenderá ligeramente, Venus será visible a simple vista y la corona solar —la capa exterior de la atmósfera del Sol, normalmente invisible— emergerá de forma espectacular alrededor del disco negro. El eclipse recorrerá la península de oeste a este y desaparecerá justo al llegar al sur de Cataluña y al norte del País Valencià: el Camp de Tarragona y las Terres de l’Ebre serán de los últimos lugares donde podrá contemplarse en su fase de totalidad. El resto del planeta lo verá de forma parcial o no podrá verlo. Pero hay una advertencia importante: el Sol estará a solo cinco grados sobre el horizonte —el equivalente a tres dedos con el brazo extendido—, de modo que cualquier obstáculo, como un edificio, unos árboles o una montaña lejana, puede hacer que se pierda el momento. Conviene elegir el lugar de observación con antelación y asegurarse de que el horizonte oeste esté completamente despejado.

La Universitat Rovira i Virgili ha convertido el eclipse en una oportunidad de divulgación sin precedentes. Desde principios de año se han impulsado las actividades del programa «Eclipsa’t de Ciència», de la Unidad de Comunicación y Divulgación de la Ciencia (ComCiència), con la participación del Campus Extens de la Universidad, desde donde se han organizado decenas de actividades en todo el Camp de Tarragona y las Terres de l’Ebre: charlas, talleres, vídeos divulgativos, materiales didácticos y sesiones de observación que han acercado el conocimiento científico tanto a la Universidad como a la ciudadanía de todo el territorio.
Paralelamente, investigadores e investigadoras de la URV han publicado artículos, han participado en ciclos de conferencias organizados conjuntamente con los ayuntamientos de Tarragona y Reus y han puesto su experiencia al servicio de un territorio que, durante unos minutos, será uno de los lugares más privilegiados del planeta. Asimismo, un pódcast impulsado por ComCiència, que se estrena el martes 14 de julio a través de Tarragona Ràdio y que podrá escucharse en las emisoras de La Xarxa, además de en las plataformas iVoox y Spotify, reúne todo este conocimiento en ocho episodios, uno por disciplina.
Así, desde la física de los cuerpos astronómicos hasta el impacto económico del turismo masivo, pasando por la salud ocular, la psicología de las emociones colectivas, el folclore, la mitología griega o la iconografía medieval, la URV ha demostrado que un eclipse puede ser una fuente de aprendizaje para muchas otras disciplinas.
La casualidad perfecta que hace posible el eclipse total
Carlos García, investigador del Departamento de Ingeniería Informática y Matemáticas de la URV, plantea una pregunta que parece sencilla y acaba resultando vertiginosa: ¿por qué motivo la Luna, que es hasta 400 veces más pequeña que el Sol, logra ocultarlo por completo? La respuesta está en la perspectiva y en una casualidad astronómica que hace que, vistos desde la Tierra, ambos astros tengan el mismo tamaño aparente. Y es una doble casualidad, subraya el investigador, porque no solo se da en el espacio, sino también en el tiempo: la Luna se aleja de la Tierra de forma muy gradual. En el futuro, estará demasiado lejos y solo podremos contemplar eclipses anulares, con un anillo de luz solar visible alrededor del disco lunar.
De hecho, la coincidencia es tan extraordinaria que la ligera excentricidad de la órbita elíptica de la Luna basta para determinar si un eclipse será total o anular: cuando la Luna se encuentra en el punto más cercano de su órbita, su tamaño aparente es suficiente para cubrir completamente el Sol; cuando está en el punto más alejado, resulta ligeramente más pequeña y no llega a ocultarlo por completo. A ello se suma que «el plano de la órbita de la Luna no coincide exactamente con el plano en el que la Tierra orbita alrededor del Sol, de modo que la mayoría de los meses vemos pasar la Luna por encima o por debajo del Sol sin que se produzca ningún eclipse».
Solo cuando la Luna cruza el plano de la órbita terrestre y se sitúa entre nuestro planeta y el Sol, los tres cuerpos se alinean perfectamente y proyectan su diminuta sombra sobre la superficie de la Tierra, se produce un eclipse total. El 12 de agosto, explica García, todas estas condiciones coincidirán al mismo tiempo y la sombra de la Luna, de unos ciento noventa kilómetros de anchura, atravesará las comarcas del sur de Cataluña, dejando apenas unos noventa segundos de totalidad en los lugares donde el fenómeno será visible durante más tiempo. En ese minuto y medio será posible contemplar a simple vista la corona solar, la capa exterior de la atmósfera del Sol, normalmente invisible debido a su propia luminosidad y que, durante la totalidad, emerge de forma espectacular alrededor del disco negro.
De la sombra de la Luna a los planetas de otras estrellas
Esta coincidencia casi imposible —de tamaños, distancias y tiempos— es la primera puerta de entrada al eclipse. A partir de ahí, el también físico Manel Sanromà recuerda que, aunque el mecanismo físico de un eclipse es relativamente sencillo, lo que realmente impresiona es su brutalidad. La sombra avanza a cerca de tres mil kilómetros por hora y transforma el día en noche con una violencia visual que desconcierta incluso a quienes saben exactamente lo que está ocurriendo.
Pero la parte que Sanromà, profesor ad honorem de la URV, considera más fascinante va mucho más allá de la Tierra y la Luna, y mucho más allá del sistema solar. El mismo principio físico de los eclipses ha permitido a los telescopios espaciales detectar planetas alrededor de otras estrellas. ¿Cómo? Cuando un planeta, siguiendo su órbita, se sitúa entre su estrella y nosotros, oculta una parte diminuta de su luz. Desde la Tierra percibimos que su brillo disminuye en una fracción minúscula, pero medible: el telescopio espacial Kepler —operativo entre 2009 y 2018— era capaz de detectar el equivalente a apagar una sola bombilla en una ciudad con cien mil luces. Gracias a esta técnica, hoy se calcula que el número de planetas del universo es cien mil veces superior al número de granos de arena de todas las playas de la Tierra. Sanromà concluye que el eclipse del 12 de agosto no es solo un espectáculo local, sino el mismo fenómeno que ha cambiado para siempre nuestra comprensión del cosmos.
Reordenación cognitiva, instinto social y evolución
Pero, si bien la física nos explica qué ocurre, no explica del todo qué nos ocurre a nosotros. Urbano Lorenzo, catedrático de Ciencias del Comportamiento de la URV, señala que la respuesta emocional que provoca un eclipse total tiene, desde la psicología, una primera explicación puramente cognitiva. Cuando el cielo se oscurece en cuestión de segundos —y no a lo largo de los setenta o noventa minutos que dura un atardecer habitual—, el cerebro recibe una información que no encaja con ninguna experiencia previa almacenada. La parte frontal, responsable del razonamiento y del lenguaje, queda momentáneamente ocupada reorganizando el esquema del mundo: el cielo es azul, siempre ha sido azul y, de repente, deja de serlo.
El investigador del Departamento de Psicología explica que esta reorganización cognitiva es la que explica el comportamiento aparentemente descoordinado de muchos espectadores durante la fase de totalidad, un fenómeno al que la psicología ha dado el nombre de fascinación profunda.

Pero Lorenzo va más allá y señala dos capas adicionales en la respuesta emocional. La primera es social: ante un fenómeno que desborda nuestra capacidad de control, «las personas tienden a sentirse pequeñas y a desarrollar tendencias prosociales». La segunda es evolutiva: las personas capaces de emocionarse ante fenómenos naturales extraordinarios suelen ser más sensibles y más hábiles para adaptarse a nuevas situaciones. Estas características, según el investigador, hacían más probable que una pareja pudiera cuidar de su descendencia en un contexto evolutivo de selección natural. De algún modo, concluye Lorenzo, «estamos seleccionados evolutivamente para ser sensibles a este tipo de fenómenos».
El investigador también señala que debemos estar preparados para gestionar la frustración que puede provocar no llegar a ver el eclipse, ya sea por razones meteorológicas o por otros imprevistos: «Tendremos que ser resilientes y pensar que tendremos una nueva oportunidad de ver otro el año que viene, si viajamos al sur de España o, mejor aún, al norte de África».
La retina no duele cuando se quema, y es un problema
La fascinación por los eclipses, sin embargo, tiene una cara peligrosa: el impulso de mirar puede entrar en conflicto con la necesidad de protegerse. Y en el caso de un eclipse, esta tensión tiene consecuencias muy reales para la salud visual. Pere Romero ha sido elegido por la Asociación Catalana de Oftalmología como portavoz para hablar sobre la seguridad ocular durante el eclipse. El investigador de la URV y jefe del servicio de Oftalmología del Hospital Sant Joan de Reus explica que el daño ocular provocado por un eclipse no duele en el momento en que se produce —la mácula, la zona central de la retina donde se concentra toda la visión de detalle, no tiene receptores del dolor— y que los síntomas aparecen entre dos y seis horas después: una mancha oscura en el centro del campo visual que afecta a ambos ojos a la vez. No existe tratamiento. La única opción es esperar, y «en el 90% de los casos la visión se recupera parcialmente durante el primer mes, pero hay casos que tardan hasta seis meses y casos en los que no se recupera por completo». Romero lo ilustra con el caso de un paciente de noventa años al que atendió recientemente: tenía una lesión en la retina que se remontaba a un eclipse parcial que había observado sin protección cuando tenía dieciséis años. Setenta y cuatro años de lesión silenciosa.
Lo que quema la retina no es la luz visible, sino la radiación ultravioleta y, sobre todo, la luz azul de alta energía, que penetran hasta los fotorreceptores de la fóvea —una zona de unos dos milímetros de diámetro en el centro de la retina— y provocan una quemadura fotoquímica irreversible. Romero insiste en dos errores habituales: creer que las nubes protegen (no lo hacen, los rayos ultravioleta atraviesan la nubosidad sin problemas) y pensar que mirar solo un momento no tiene consecuencias.
La solución es muy sencilla y pasa por la prevención: utilizar gafas de protección. Las gafas homologadas para la observación solar deben contar con la certificación ISO 12312-2 y filtrar el 99,99% de la luz: con ellas puestas, el Sol debe verse pequeño y con poca luminosidad. Romero añade una advertencia específica para el eclipse anular que se producirá dos años después del total: en ese caso, el anillo solar siempre será visible y las gafas no podrán quitarse en ningún momento, a diferencia del eclipse total, durante cuya fase de totalidad completa sí es seguro observarlo a simple vista. La regla es sencilla, según Romero: «Gafas puestas siempre que el Sol no esté completamente tapado, y atención a los niños, que tienden a quitárselas sin darse cuenta del peligro».
Un minuto y medio que el sector turístico debe aprovechar
Mientras millones de ojos mirarán al cielo con precaución, en tierra se activará otra dimensión del fenómeno: la movilidad, el turismo y el impacto económico de un acontecimiento irrepetible. Josep Maria Arauzo, catedrático de Economía, advierte de entrada que los economistas suelen ser mucho mejores haciendo predicciones del pasado que del futuro. Pero en el caso de los eclipses existen suficientes experiencias previas —sobre todo en Estados Unidos— para dibujar escenarios razonables.
Lo primero que subraya es que el impacto será profundamente asimétrico: la franja de totalidad atraviesa el país en diagonal por el Camp de Tarragona, las Terres de l’Ebre y el Segrià, y fuera de esta franja el fenómeno económico prácticamente no existirá. Dentro, en cambio, habrá un auge de la demanda turística concentrado en muy poco tiempo, con un perfil de visitante que el investigador del Departamento de Economía describe como relativamente culto y con capacidad de gasto: no el turismo de sol y playa habitual, sino personas que han planificado el desplazamiento específicamente para ver el eclipse. El problema es que todo esto ocurre en plena temporada alta, cuando los hoteles ya están prácticamente llenos, lo que limita la capacidad de absorción de nueva demanda.
La movilidad es, para Arauzo, el reto más serio. La afluencia puede ser escalonada —habrá quienes lleguen unos días antes—, pero la salida será masiva y simultánea, como cuando termina un gran partido de fútbol. Las administraciones tendrán que cerrar accesos a puntos de observación con aforo limitado, gestionar servicios sanitarios y de emergencias y prever los riesgos de incendio forestal que implica concentrar a miles de personas en entornos naturales durante el mes de agosto. Arauzo añade una variable que pocas previsiones contemplan: si ese día hay tormenta —algo no inusual durante la primera quincena de agosto—, el impacto económico puede desvanecerse en cuestión de horas.
Pero más allá del 12 de agosto, el economista ve en el eclipse una oportunidad estratégica para una franja interior del país que el turismo ha ignorado sistemáticamente: si los territorios son capaces de convertir el minuto y medio de totalidad en una experiencia más amplia —cultural, astronómica, gastronómica—, el fenómeno puede dejar una huella mucho más duradera.
El Sol devorado: de los mitos a la primera explicación racional
Mucho antes de que se convirtieran en objeto de estudio científico —o en una oportunidad turística—, los eclipses ya habían dejado una huella profunda en la forma en que las culturas interpretan el mundo. Jesús Carruesco, investigador del Departamento de Filología Catalana, parte de una constatación que considera fascinante: culturas que nunca han tenido contacto entre sí han generado, ante un eclipse, respuestas sorprendentemente similares. En la India védica, en la mitología nórdica, en la tradición china y en las culturas indonesias, el tema mítico recurrente es el de un ser maligno —un perro, un dragón, un demonio, una cabeza cortada— que devora el Sol.

En la mitología hindú, la cabeza del demonio Rahu, decapitada por Visnú cuando intentaba robar el elixir de la inmortalidad, vaga eternamente persiguiendo al Sol y a la Luna y, de vez en cuando, se los traga; como es solo una cabeza sin cuerpo, la luz vuelve a salir por el otro lado. En la mitología escandinava, dos lobos celestiales persiguen al Sol y a la Luna, y el día que consigan atraparlos definitivamente será el fin del mundo. En todos los casos, el eclipse es un momento de peligro cósmico que podría ser definitivo, y la reacción humana es el ritual: gritos, ruidos, flechas lanzadas al cielo para ahuyentar a la bestia. Y, como el Sol vuelve invariablemente a brillar, el ritual parece funcionar.
Lo que Carruesco considera especialmente significativo es el momento en que Grecia rompe este patrón. En el siglo V antes de Cristo, el filósofo Anaxágoras declaró en Atenas que el Sol y la Luna no eran dioses, sino enormes rocas, una de ellas incandescente, y que un eclipse no era más que uno de esos cuerpos ocultando al otro. La afirmación le costó un proceso por impiedad, pero abrió la puerta a una astronomía capaz de predecir los eclipses con antelación —ya se había detectado que se repetían en ciclos de 223 meses—, que culminó en el mecanismo de Anticitera, un artefacto recuperado del fondo del mar a principios del siglo XX y que ha resultado ser el primer ordenador analógico de la historia: un ingenio mecánico de bronce capaz de calcular con precisión las posiciones del Sol, la Luna y los planetas y, por tanto, de predecir los eclipses. Carruesco ve en este salto —del mito a la predicción matemática— la primera gran revolución intelectual de la humanidad.
Miedo, poder y cultura
Esta transición del mito a la razón no fue homogénea ni borró por completo las interpretaciones populares del fenómeno, que han seguido conviviendo con la ciencia en contextos locales concretos. Emili Samper, también investigador del Departamento de Filología Catalana, habla desde su ámbito de especialidad: la cultura popular catalana. Y la primera constatación es una ausencia significativa. A diferencia de otras tradiciones, la cultura catalana no ha generado grandes mitos ni leyendas para explicar los eclipses. Lo que sí conserva es un conjunto rico de creencias, supersticiones y observaciones que muestran cómo las comunidades campesinas han vivido el fenómeno a lo largo de los siglos: siempre como algo negativo, siempre como una ruptura del orden natural que anuncia consecuencias.
En el refranero, el principio es claro —«Señales en el cielo, trabajos en la tierra»— y una paremia del Véneto lo concreta todavía más: «El eclipse, sea de Sol o de Luna, frío trae y nunca buena fortuna». Las gallinas volvían al corral y dejaban de poner huevos, las plantas medicinales perdían sus propiedades, el pan no subía, el vino se echaba a perder. Joan Amades, el gran folclorista catalán, recogió también la creencia muy extendida de que, si una mujer embarazada se tocaba la barriga durante un eclipse, el niño podía nacer con una mancha o una marca corporal. Samper subraya que todas estas creencias comparten la misma lógica de fondo: cuando el Sol se oculta, las propiedades naturales de las cosas se alteran.
Samper reflexiona también sobre el uso de los eclipses en la ficción y la literatura, y toma como ejemplo un microrrelato del escritor guatemalteco Augusto Monterroso para defender una tesis particular. En el relato, un fraile español perdido en América está a punto de ser sacrificado por un grupo de indígenas y, recordando que ese día debe producirse un eclipse total, los amenaza con hacer oscurecer el Sol si lo matan. Los indígenas lo escuchan en silencio, el Sol se oscurece… y aun así lo matan. Lo que ocurre, sin embargo, es que los astrónomos mayas ya conocían la naturaleza cíclica de los eclipses y habían predicho aquella fecha hacía mucho tiempo. El cuento da la vuelta al tópico del conocimiento como herramienta de poder: la capacidad de predecir un eclipse —que en la cultura occidental se ha presentado a menudo como el argumento que salva al hombre ilustrado frente al «primitivo ignorante», desde Mark Twain hasta Tintín— resulta que era un saber integrado en culturas independientes de todo el mundo.
De la crucifixión al dólar: el eclipse como metáfora en el arte
Este diálogo entre conocimiento, creencia y poder también ha dejado una huella profunda en el arte occidental. A lo largo de los siglos, pintores y artistas han representado los eclipses tanto como fenómenos astronómicos reales como símbolos cargados de significado religioso, político o social.
La investigadora del Departamento de Historia e Historia del Arte Licia Buttà propone un recorrido por esta evolución iconográfica. El punto de partida es el Sacramentario de Metz, un manuscrito del siglo XI que plantea una cuestión fundamental: ¿cómo se podía representar un fenómeno astronómico en una época en la que todavía no se concebía el movimiento real de los astros? La respuesta medieval fue la alegoría, es decir, representar el fenómeno a través del simbolismo.

El contexto teológico también era determinante: los tres evangelios sinópticos —los de Mateo, Marcos y Lucas— explican que, durante la crucifixión de Cristo, el Sol se oscureció durante tres horas. Durante siglos, los padres de la Iglesia rechazaron que aquel fenómeno pudiera ser un eclipse, ya que un eclipse es un acontecimiento natural y predecible, mientras que la muerte de Cristo debía constituir un prodigio sobrenatural. No fue hasta el siglo XIII, en la Universidad de París, cuando empezó a aceptarse la posibilidad de que el fenómeno descrito durante la Pasión hubiera sido un eclipse real. Aquel cambio abrió la puerta a una nueva iconografía, en la que ciencia y fe convivían en una misma imagen.
A partir de ahí, Buttà muestra cómo diversos artistas incorporaron eclipses reales o simbólicos a sus obras. Rafael probablemente se inspiró en el eclipse del 8 de junio de 1511 para pintar el encuentro de Isaac y Rebeca, mientras que Rubens situó un eclipse en formación en el cielo de El descendimiento de la cruz para acentuar el dramatismo de la muerte de Cristo. Ya en el siglo XIX, los pintores románticos convirtieron el eclipse en un recurso lumínico dentro de grandes paisajes, mientras que los simbolistas lo utilizaron para explorar los efectos de la luz nocturna sobre las multitudes.
El recorrido culmina con dos obras del siglo XX que ejemplifican nuevos usos del fenómeno. En una pintura de Georg Grosz de 1926, ambientada en la República de Weimar, políticos sin cabeza escuchan el discurso de un demagogo mientras un burro, símbolo de la población, engulle periódicos y noticias falsas. El eclipse que oscurece el cielo no lo provoca la Luna, sino un dólar: una metáfora del poder económico. En cambio, Roy Lichtenstein convierte el eclipse en un icono pop, abstracto y accesible.
Desde el miedo medieval hasta la crítica política, pasando por la religión y la ciencia, el eclipse ha sido mucho más que un fenómeno astronómico: se ha utilizado como un símbolo capaz de reflejar las inquietudes de cada época.

