El 12 de agosto de 2026, una parte de Catalunya, el País Valenciano y las Islas Baleares vivirá un fenómeno excepcional: un eclipse total de Sol. Se trata de un acontecimiento astronómico, pero también de un hecho social, emocional y cultural. Es, literalmente, el momento en que el día se convierte en noche. Y esta experiencia, tan breve como intensa, ha generado a lo largo de la historia reacciones diversas.
Cuando el Sol se apagaba y no sabían por qué
Los eclipses son un ejemplo privilegiado de cómo las comunidades humanas interpretan aquello que rompe el orden cotidiano. La salida y la puesta del Sol organizan el tiempo social, el trabajo, los ritmos agrarios y la percepción del mundo. Cuando este orden se interrumpe de repente, ¿qué está ocurriendo?
Antes de que la astronomía pudiera predecir con precisión el paso de la sombra lunar sobre la Tierra, un eclipse era una experiencia desconcertante. La luz se debilita, la temperatura desciende y el entorno adquiere una cualidad extraña, lo que hace que se active una especie de alarma instintiva, ya que parece que el propio mundo ha dejado de funcionar como debería.
Esta percepción explica que, en muchas culturas, los eclipses hayan sido interpretados como presagios de mala suerte, de una desgracia, de una guerra, de una peste o de la muerte de un gobernante.
El refranero ya lo decía
En el pensamiento tradicional, el cielo y la tierra no son dos ámbitos separados, ya que lo que ocurre arriba tiene consecuencias abajo. Por eso, en el refranero catalán se dice: “Señales en el cielo, trabajos en la tierra”, una expresión que resume perfectamente esta lógica simbólica.
Una paremia documentada en el Véneto expresa todavía mejor esta idea, ya que combina el fenómeno con este concepto de mal augurio: “Le eclissi, sia de sol o de la luna / fredo le porta e mai bona fortuna”.
Creencias sobre mirar, tocar y recoger
Una de las creencias asociadas a los eclipses es la idea de que no conviene mirarlos directamente. Hoy sabemos que esta advertencia tiene una base física muy clara, ya que mirar directamente al Sol sin protección puede causar daños oculares graves.
En el ámbito rural, los eclipses se han recordado a menudo como “el año en que se hizo de noche”. Esta expresión no sitúa el fenómeno mediante una fecha astronómica, sino a través de una experiencia sensorial compartida. Los testimonios sobre gallinas que regresan repentinamente al corral y que dejan de poner huevos forman parte de esta memoria de la interrupción.
También existen creencias sobre sus efectos en la vegetación y los alimentos: las plantas medicinales pierden sus propiedades, las cosechas se ven afectadas, el vino se estropea o el pan no sube correctamente. Todos estos casos comparten una misma idea de fondo: cuando el Sol se oculta, las propiedades naturales de las cosas quedan alteradas.
Otra creencia muy extendida, documentada en distintas culturas, vincula los eclipses con el embarazo: si una mujer embarazada se toca la barriga o se rasca durante el eclipse, el niño puede nacer con una mancha o una marca corporal. La creencia estaba vinculada a la teoría de lo frío y lo caliente de algunas culturas mexicanas, pero, al fin y al cabo, es otra muestra de la creencia de que todo lo que ocurría en el cielo podía dejar una huella en el cuerpo humano en formación.
Del cristal ahumado y un pañuelo oscuro a la explicación racional
Joan Amades, en Astronomía y meteorología populares, recoge esta tradición de miedos y presagios y describe procedimientos populares para observar el fenómeno, como utilizar un cristal ahumado o mirar a través de un pañuelo de seda de color oscuro doblado siete veces.
Hoy, sin embargo, es necesario recordar que algunos de estos métodos no son seguros y que las opciones recomendadas son las gafas homologadas o los sistemas de proyección indirecta.
Todavía resulta más reveladora la posición de Cels Gomis, quien en Elementos de cosmografía combatía explícitamente la idea de que los eclipses anunciaran desgracias, ya que eran fenómenos naturales que los astrónomos podían prever con antelación. Este paso de la superstición a la explicación racional permite entender las creencias como formas históricas de dar sentido a una experiencia desconcertante.
El eclipse en Twain, ‘Tintín’ y Monterroso
La literatura y el cómic también han utilizado el eclipse como recurso narrativo. En Un yanqui en la corte del rey Arturo (1889), Mark Twain imagina a un hombre del siglo XIX trasladado a la Edad Media que utiliza su conocimiento previo de un eclipse para salvarse. Condenado a muerte, hace creer que puede apagar el Sol. Cuando llega el eclipse, el miedo colectivo lo convierte en alguien aparentemente dotado de un poder sobrenatural.
Hergé reutiliza una estructura semejante en El templo del Sol (1949). Tintín sabe, gracias a la información que había leído previamente en un periódico, que se producirá un eclipse, y convierte este dato en una escena teatral que le permite evitar su muerte —y la de Haddock y Tornasol— cuando los incas quieren sacrificarlos. El eclipse funciona aquí como una dramatización del poder de la información.
Sin embargo, este motivo narrativo también puede ser cuestionado irónicamente. Augusto Monterroso lo hace magistralmente en El eclipse (1959). Fray Bartolomé Arrazola intenta engañar a los mayas con la amenaza de oscurecer el Sol para salvar el pellejo, pero el relato se vuelve irónica —y dramáticamente— contra él: los astrónomos mayas ya habían previsto los eclipses.
La lección es contundente. El conocimiento científico no pertenece a una sola cultura, y la supuesta superioridad de quien se considera el único poseedor de la razón puede acabar revelándose como una forma de ignorancia, con consecuencias fatales.
Mirar el eclipse sin dejar de mirarnos
El eclipse del 12 de agosto será una oportunidad científica irrepetible, pero también una oportunidad cultural. Hoy podemos calcular con precisión el minuto en que la Luna cubrirá el Sol, pero eso no hace menos intensa la experiencia de ver cómo el día se convertirá repentinamente en noche.
Al contrario, nos permite vivirla con seguridad y, al mismo tiempo, comprender por qué durante siglos fue percibida como una grieta en el orden del mundo.![]()
Emili Samper Prunera, profesor del Departamento de Filología Catalana, Universitat Rovira i Virgili
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

