03/07/2026

Respuestas expertas a los retos de los feminismos contemporáneos

Especialistas que han participado en el III Congreso de Antropología Feminista analizan algunos de los grandes debates actuales sobre género, cuidados, movilidades, masculinidades, belleza y urbanismo

Inés Gutiérrez, antropóloga urbana, Universitat Oberta de Catalunya

Desde la perspectiva feminista, ¿cómo es un espacio urbano seguro?

El marco dominante nos hace pensar que la seguridad tiene que ver con la presencia de más policía. Nosotras cuestionamos esta manera de entender la inseguridad y la seguridad, porque nos atrapa en un marco que finalmente nos perjudica. Muchas veces intentamos resolver cuestiones que tienen que ver con la proximidad de los espacios, la accesibilidad, sentirnos cómodas y acompañadas, desde la policialización o una gestión punitiva de los conflictos.

Lo que resulta más efectivo para sentirnos seguras y cómodas es tener espacios públicos y redes colectivas fuertes.

Esto estaría relacionado con cómo la turistificación y la gentrificación transforman muchas ciudades. ¿Qué impactos tienen estos procesos en la vida cotidiana?

Las ciudades contemporáneas están pensadas desde una lógica neoliberal: el espacio urbano y el espacio colectivo se mercantilizan y se ponen al servicio de determinados intereses mercantiles, en lugar de estar al servicio de las personas que los habitan.

Con los procesos de gentrificación y turistificación, la lógica que prevalece es la del sector turístico, inmobiliario o comercial privado. En las ciudades muy saturadas, tendemos a culpabilizar a individuos concretos —turistas o personas que vienen a la ciudad— porque son el último eslabón de la cadena con el que tenemos el conflicto del día a día. Pero es importante ampliar la mirada y pensar qué modelo de ciudad se está fomentando desde las instituciones públicas para dar soluciones colectivas y estructurales a problemas que son fenómenos amplios.

¿Cómo definirías el derecho a la ciudad desde una mirada feminista?

Las ciudades están organizadas para facilitar las actividades que tienen que ver con la producción y el consumo, y a menudo se olvidan de las actividades, tareas y sujetos que se encargan de reproducir la vida cotidiana. Son tareas que normalmente ejercen las mujeres, pero no solo ellas.

Desde una mirada feminista, el derecho a la ciudad significa poner en el centro estas actividades: la infancia, disfrutar del espacio público, encontrarnos en las calles, la salud y la sanidad. Por eso hacen falta ciudades en las que se pueda llevar una vida de proximidad, con recursos colectivos y públicos y una red fuerte que llegue a todos los barrios, independientemente de su renta.


Julieta Vartabedian, Universidad Complutense de Madrid, y Mónica Moreno, Universidad de Cambridge

¿Por qué es importante entender la belleza como una cuestión política?

La belleza no es una cuestión individual, neutral ni subjetiva, ni tampoco un ámbito de hedonismo. Para los estudios feministas y los estudios políticos de la belleza, es una cuestión política porque jerarquiza cuerpos e identidades, les asigna un lugar y determina qué personas tienen más valor o más éxito social.

¿Qué significa el concepto de “bellezas no hegemónicas”??

Nos referimos al hecho de que la mayoría de las personas no encajamos en un estándar típico, construido históricamente a través de representaciones visuales —desde las iglesias y las vírgenes hasta los medios de comunicación—. Es un tipo de cuerpo muy específico que no incluye la diversidad de la realidad ni la complejidad humana: el tamaño del cuerpo, el color de la piel, etcétera.

Lo que queremos es ampliar las posibilidades de pensar la belleza y los cuerpos como algo diverso, atravesado por muchas intersecciones y fuerzas opresivas que limitan la posibilidad de una buena vida para todas las personas.

Las redes sociales han democratizado la visibilidad de muchos cuerpos, pero también han intensificado la presión estética. ¿Cuál es el balance?

Limitar esta discusión a lo que ocurre en las redes sociales nos lleva a un punto muy próximo que no nos permite ver la historicidad de estas tensiones. Siempre ha habido procesos de inclusión y de exclusión. Ahora podemos hablar de cuerpos diversos de manera más amplia y, al mismo tiempo, vemos un crecimiento de la idea de la delgadez, intensificada con los medicamentos actuales, entre otros factores. Es una tensión que hace que, cuando algo se libera, empiece a producirse un cierre del otro lado.

En las redes sociales esta tensión es muy explícita: hay cuerpos que siguen ideales y mandatos normativos, como los cuerpos delgados, blancos y jóvenes, y el uso de los filtros es un claro ejemplo de ello. Pero, al mismo tiempo, también hay otros cuerpos visibles, vinculados con el activismo, el movimiento gordo, personas trans y discursos mucho más críticos. Creo que esta democratización también es una falacia: hay que ser muy críticas y cuidadosas con lo que vemos en las redes.

Les xarxes socials han democratitzat la visibilitat de molts cossos però també han intensificat la pressió estètica. Quin és el balanç?

Limitar aquesta discussió al que passa a les xarxes socials ens porta a un punt molt pròxim que no ens permet veure la historicitat d’aquestes tensions. Sempre hi ha hagut processos d’inclusió i d’exclusió. Ara podem parlar de cossos diversos de manera més àmplia i, al mateix temps, veiem un creixement de la idea de la primesa, intensificada amb els medicaments actuals, entre d’altres. És una tensió que fa que quan s’allibera alguna cosa comença a haver-hi un tancament de l’altre costat.

A les xarxes socials aquesta tensió és molt explícita: hi ha cossos que segueixen ideals i mandats normatius, com els cossos prims, blancs i joves, i l’ús dels filtres n’és un clar exemple. Però al mateix temps també hi ha altres cossos visibles, vinculats amb l’activisme, el moviment gros, persones trans i discursos molt més crítics. Aquesta democratització crec que és una fal·làcia també: cal ser molt crítiques i acurades amb el que veiem a les xarxes.


Herminia Gonzálvez Torralbo, Universidad de Granada

Hace décadas que los feminismos insisten en que los cuidados son imprescindibles para sostener la vida. ¿Por qué, a pesar de este consenso, los cuidados siguen siendo uno de los trabajos menos reconocidos?

Los cuidados son relaciones sociales y prácticas que han estado históricamente atravesadas por desigualdades de género, de clase social o de extranjería, asociadas también a la edad. Hablamos, por tanto, de un trabajo atravesado por estas intersecciones, que hacen que su reconocimiento y su visibilización sean difíciles de poner en valor, aunque sean trabajos que históricamente han sostenido la vida.

¿Qué mecanismos sociales y políticos podrían transformar esta precarización?

Para transformar esta realidad y poner los cuidados en el centro como prácticas fundamentales para el sostenimiento y la reproducción social de la vida, es necesario abordarlos desde diferentes ángulos. Es necesario reconocer el derecho al cuidado como un derecho universal, asequible y accesible.


Jordi Roca Girona, Universitat Rovira i Virgili

¿De qué manera las movilidades contemporáneas reconfiguran los modelos tradicionales de masculinidad?

Uno de los elementos importantes de las últimas décadas es el aumento de la movilidad en todos los sentidos, y las movilidades siempre han tenido un impacto en el género. Las migraciones del siglo XIX provocadas por la revolución industrial eran básicamente masculinas, determinadas por razones laborales y económicas, en un sistema de género del hombre proveedor y la mujer reproductora.

Con la globalización y la revolución tecnológica, hacia los años noventa, esto ha cambiado de manera radical. Ahora la migración es un fenómeno multicausal: puede haber razones económicas, pero también migraciones climáticas, residenciales o vinculadas al género y a la sexualidad. Gran parte de la migración femenina va a llenar el vacío que las mujeres occidentales habrían dejado por su incorporación al mercado laboral: tareas de cuidado, de atención a personas mayores o de cuidado de niños.

Esta transformación del perfil migratorio y del protagonismo migratorio tiene efectos en la reconfiguración de los géneros existentes. Cuando antes las mujeres eran un añadido a la migración liderada por el hombre, ahora muchas veces ellas son las protagonistas y son igualmente proveedoras que sus maridos. Incluso pueden tener mayores oportunidades laborales, lo que puede implicar que el hombre pase de ser el proveedor de la familia a ser “un hombre mantenido”, que es “lo peor que le puede pasar a la masculinidad hegemónica”.

Cuando hablamos de crisis de masculinidad, ¿estamos realmente ante una crisis o más bien ante una oportunidad?

La crisis de la masculinidad expresa el malestar masculino por la pérdida de protagonismo y por el hecho de que los roles asociados al género han cambiado de manera importante. Más que una crisis, los hombres han vivido un estado de anomia, “sin normas”: en un sistema tradicional los géneros estaban bien definidos, pero de repente todo aquello con lo que muchos hombres habían crecido se viene abajo.

Ante esto, muchos hombres hacen una simplificación: “la culpa es de las mujeres”. Hay dos vías posibles: o la masculinidad se redefine en un sentido realista y positivo, entendiendo que “las cosas nunca son eternas, son cambiantes”, o aparecen manosferas y movimientos que intentan volver al pasado, recuperar “aquello que nos han quitado de forma ilegítima” y crear condiciones de conflicto.

¿El entorno digital contribuye más a transformar las masculinidades hegemónicas o, por el contrario, a reforzarlas?

Con la globalización han aparecido nuevas formas de movilidad, también virtuales: hoy tenemos una pantalla que nos conecta con el mundo. Esto ha afectado a los ámbitos del género, la sexualidad, la identidad sexual y la identidad de género de maneras que nunca son blanco o negro.

El mundo digital ha permitido que algunas minorías sexuales o personas que viven en sistemas de género muy tradicionales accedan a comunidades donde han sentido que “no eran unos bichos raros”, compartan vivencias y puedan decir: “no soy raro, hay otra gente como yo”. Pero, en el lado opuesto, también aparecen productos reaccionarios de hombres que se sienten marginados o víctimas del feminismo, como la manosfera, espacios donde se pueden crear discursos de odio muy perjudiciales para la igualdad de género y para la posibilidad de definir la orientación sexual de manera libre.

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