02/09/2026

Aulas más flexibles para aprender mejor

Una investigación multidisciplinar de la URV propone adaptar las aulas universitarias existentes, integrar en ellas la tecnología de manera funcional e incorporar al estudiantado en el diseño

Una parte importante de los espacios universitarios todavía responde a un modelo de enseñanza basado en la transmisión unidireccional del conocimiento. Las aulas con mobiliario fijo, orientadas hacia la pizarra o la pantalla, y con configuraciones tecnológicas poco flexibles no promueven las metodologías activas, el trabajo en grupo y la experimentación docente. Este es el diagnóstico de Jordi Duch, Mercè Gisbert Cervera y Roger Miralles i Jori, investigadores de diferentes departamentos de la Universitat Rovira i Virgili (URV), en un artículo publicado en Edutec. Revista Electrónica de Tecnología Educativa. El trabajo revisa estudios de arquitectura, pedagogía y tecnología educativa y propone un marco para integrar estos tres ámbitos en el diseño de los espacios universitarios.

Los autores defienden que el espacio no es un simple contenedor para el aprendizaje. La forma del aula, el mobiliario, la iluminación, la acústica y los recursos tecnológicos condicionan las actividades que se pueden desarrollar en ella. «Un entorno rígido, tanto desde el punto de vista arquitectónico como tecnológico, tiende a favorecer una única relación entre profesorado y alumnado, mientras que un espacio adaptable facilita el diálogo, la colaboración, el trabajo en grupo y otras metodologías centradas en la participación del estudiantado», explica Jordi Duch, investigador del Departamento de Ingeniería Informática y Matemáticas.

Esto no significa que la arquitectura determine por sí sola los resultados educativos. El aprendizaje depende de la interacción entre las personas, las metodologías, el espacio y la tecnología. Por tanto, «un aula arquitectónicamente innovadora puede resultar poco efectiva si no se utiliza con objetivos pedagógicos claros, del mismo modo que un espacio tradicional puede ampliar sus posibilidades mediante herramientas digitales flexibles», apunta Mercè Gisbert, investigadora del Departamento de Pedagogía.

Espacios adaptados a cada tipo de aprendizaje

La propuesta relaciona las características de los espacios con diferentes niveles de aprendizaje. Actividades como recordar o comprender información pueden desarrollarse en espacios estáticos con tecnologías convencionales. En cambio, procesos más complejos como analizar, evaluar o crear ganan posibilidades en entornos abiertos, reconfigurables y con herramientas adaptables.

El modelo se basa en dos conceptos. La potencialidad es la capacidad del entorno para favorecer el pensamiento crítico, la creatividad y otros aprendizajes complejos. La permeabilidad hace referencia a la conexión entre los espacios físicos y digitales, entre el aprendizaje formal e informal, y entre la universidad y su entorno social.

D'esquerra a dreta, XXXX, Mercè Gisbert i Jordi Duch, investigadors de la URV que han participat a la recerca.
De izquierda a derecha, Roger Miralles, Mercè Gisbert y Jordi Duch, investigadores de la URV que han participado en la investigación.

 

La flexibilidad se puede conseguir actuando sobre el espacio, la tecnología o ambos. Un aula con mobiliario fijo puede ampliar las formas de participación con pizarras digitales interactivas, entornos inmersivos o plataformas de interacción en tiempo real. A la inversa, un espacio diáfano y reconfigurable puede acoger actividades complejas con una dotación tecnológica modesta, siempre que disponga de conectividad y equipamientos básicos.

Esto permite que las universidades con limitaciones presupuestarias o arquitectónicas transformen progresivamente sus entornos.

Incorporar al estudiantado en el diseño

La investigación señala que muchos campus se han concebido principalmente desde el punto de vista del profesorado y del personal de gestión. Esto ha favorecido el predominio de las aulas magistrales y los despachos individuales, mientras que escasean los espacios abiertos, compartidos y configurables. Al mismo tiempo, las zonas de paso, los espacios comunes y las áreas exteriores a menudo no se aprovechan como lugares de aprendizaje o de interacción informal.

Para revertir esta situación, los autores defienden un diseño participativo que incorpore a estudiantes, docentes, personal de gestión, especialistas en tecnología y profesionales de la arquitectura. La participación de los usuarios finales permite identificar mejor las necesidades, reducir errores y adaptar los espacios a los programas formativos.

El rediseño también debe tener en cuenta la diversidad de capacidades, orígenes, trayectorias y maneras de aprender. «La accesibilidad y la inclusión deberían ser criterios presentes desde el inicio, con elementos como mobiliario ergonómico, iluminación regulable, accesos amplios, tecnologías de apoyo y espacios adaptables a necesidades motoras, sensoriales o cognitivas», indica Roger Miralles, investigador de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura. El artículo también plantea incorporar la perspectiva de género para evitar que los usos del espacio, la distribución de los recursos o los referentes visuales reproduzcan desigualdades.

Una tecnología al servicio de la pedagogía

Los autores también defienden una «integración invisible» de la tecnología. «La tecnología debe estar presente en el aula sin hacerse notar: sistemas fáciles de utilizar, compatibles entre sí y que no añadan carga ni al profesorado ni a los servicios técnicos. Cuando la tecnología se vuelve invisible, toda la atención puede centrarse en el aprendizaje», explica Jordi Duch.

Este principio también se aplica a la inteligencia artificial generativa. El artículo señala que puede contribuir a personalizar los itinerarios formativos, proporcionar retroalimentación inmediata o apoyar la evaluación, siempre que se utilice de manera accesible, transparente y coherente con las actividades de aprendizaje.

Un cambio también organizativo

Transformar las aulas no consiste únicamente en mover mesas o instalar pantallas y proyectores. Los espacios flexibles pueden requerir nuevos sistemas de reserva, personal preparado para adaptar las salas o mecanismos para que el profesorado pueda configurarlas de manera autónoma.

Esta transformación exige también un cambio cultural. La gestión debería dejar de centrarse únicamente en asignar aulas y maximizar su ocupación, y buscar la configuración más adecuada para cada actividad. Los autores sitúan este cambio en tres niveles: el aula y la práctica docente; los programas y departamentos, y las políticas e infraestructuras de la universidad.

Pero ¿por dónde empezar? El trabajo concluye que se puede comenzar con intervenciones a pequeña escala. Reorganizar el mobiliario, aprovechar pasillos, zonas comunes o espacios exteriores e incorporar herramientas tecnológicas sencillas puede generar mejoras significativas con un coste moderado. La transformación de los espacios universitarios no depende necesariamente de construir nuevos edificios, sino de situar la pedagogía y las necesidades de las personas en el centro del diseño.

Referencia bibliográfica: Duch, J., Gisbert Cervera, M., & Miralles i Jori, R. (2026). Rediseño y Transformación de los Espacios Educativos en la Educación Superior. Edutec, Revista Electrónica de Tecnología Educativa, (96), Art. 13. https://doi.org/10.21556/edutec.2026.96.5179

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