28/05/2026
Los huesos de Pedralbes revelan enfermedades, embarazos y tumbas alteradas en el corazón de un monasterio medieval
Una investigación con participación de la URV ha analizado el contenido de ocho sepulcros del monasterio de Pedralbes, donde han aparecido los restos de 25 individuos, entre ellos la reina Elisenda, esposa de Jaime II
Una investigación con participación de la URV ha analizado el contenido de ocho sepulcros del monasterio de Pedralbes, donde han aparecido los restos de 25 individuos, entre ellos la reina Elisenda, esposa de Jaime II
Cuando el equipo investigador abrió algunas de las tumbas medievales del monasterio de Pedralbes esperaba encontrar restos de mujeres nobles y religiosas que las fuentes situaban allí desde el siglo XIV. En muchos casos fue así. Pero no en todos. En uno de los sepulcros aparecieron hasta nueve individuos distintos. En otro, el cuerpo de una mujer embarazada con el feto aún en el vientre. También había cráneos con lesiones de arma blanca, fragmentos de esqueletos inconexos e indicios de que algunas tumbas habían sido abiertas mucho tiempo después de los enterramientos originales.
El proyecto de investigación, que ha contado con la colaboración de la URV, se enmarca en los actos de conmemoración de los setecientos años de la fundación del monasterio y aporta una nueva mirada sobre las personas enterradas en el convento fundado por la reina Elisenda de Montcada y su marido, el rey Jaime II, hace cerca de setecientos años. El estudio antropológico de ocho tumbas del monasterio ha permitido reconstruir aspectos de la salud, la alimentación, las enfermedades, los vínculos familiares y las prácticas funerarias de una parte de las mujeres nobles vinculadas al convento de clarisas de Pedralbes.
“El interés del estudio antropológico es aportar información directa de la población analizada, independientemente de las fuentes documentales”, explica Carme Rissech, investigadora del Departamento de Ciencias Médicas Básicas de la URV y responsable del estudio antropológico. “Las fuentes escritas a veces dicen una cosa, pero los huesos pueden confirmarla, matizarla o incluso contradecirla”, añade.
La investigación combina antropología física, estudios moleculares y análisis isotópicos. Las excavaciones han permitido estudiar los restos de 25 individuos recuperados de ocho tumbas atribuidas a figuras históricas como la reina Elisenda, la primera abadesa Sobirana d’Olzet, nobles de las familias Pinós y Cardona o Francesca Saportella, sobrina de la reina y segunda abadesa del monasterio.
Un monasterio relacionado con la nobleza
Fundado en 1327 por la reina Elisenda de Montcada y el rey Jaime II, el monasterio de Pedralbes se convirtió rápidamente en un espacio estrechamente vinculado a la nobleza catalana. Elisenda residió allí tras enviudar, sin profesar como monja, pero llevando una vida muy ligada a la comunidad religiosa. El convento, de clausura, acogió principalmente a mujeres de clases acomodadas y familias nobles. La comunidad mantuvo allí una presencia institucional continuada hasta 2025, cuando las últimas clarisas abandonaron definitivamente el monasterio por falta de relevo generacional.

Los enterramientos estudiados reflejan una marcada jerarquía medieval. Las tumbas situadas en el interior de la iglesia correspondían habitualmente a las figuras de mayor rango, más cerca o más lejos del altar en función de su estatus y capacidad económica. “Cuanto más dinero y más estatus tenías, más cerca del altar podían enterrarte”, explica Rissech, y matiza que, en la mentalidad cristiana medieval, eso significaba estar más cerca de Dios.
Pero los investigadores no han encontrado esqueletos en posiciones anatómicas, un hecho que ya conocían antes de iniciar la prospección: los sarcófagos son demasiado pequeños para contener cuerpos enteros. ¿Cómo hacían, entonces, para darles sepultura? La investigadora de la URV lo contextualiza: “Cuando alguien moría, llevaban el cuerpo a un pudridero; una vez se había descompuesto, los huesos se trasladaban a la tumba definitiva”.
El pudridero era un espacio funerario temporal donde los cuerpos se dejaban descomponer antes de depositar sus restos en los sepulcros definitivos. Esta práctica permitía reutilizar espacios funerarios muy reducidos dentro de los monasterios y explica por qué los huesos aparecen a menudo agrupados en fardos o envueltos con telas. En algunos casos, los investigadores también han identificado marcas compatibles con procesos de descarnación, es decir, la retirada intencionada de tejidos con herramientas cortantes antes del traslado definitivo de los restos.

Tumbas intactas
De las ocho tumbas excavadas, las cinco primeras concuerdan bastante bien con los registros históricos, tanto por la edad de los individuos como por las características físicas y el emplazamiento, determinado por el estatus social: son los restos de los sarcófagos de la reina Elisenda, Sobirana d’Olzet, Elionor de Pinós, Beatriu de Fenollet y Constança de Cardona.
Posiblemente las que más expectación han generado son las atribuidas a la reina Elisenda, que murió cerca de los setenta años, una edad avanzada para la época. Según el estudio, medía poco más de un metro sesenta centímetros, una altura notable entonces, y presentaba signos de una enfermedad metabólica conocida como hiperostosis esquelética idiopática difusa, o DISH según sus siglas en inglés.
El DISH provoca la fusión progresiva de vértebras y otras estructuras óseas y suele asociarse a niveles elevados de glucosa mantenidos en el tiempo. Actualmente es frecuente en personas diabéticas, pero en contextos históricos también se ha relacionado con dietas ricas y abundantes. “Es una patología que encontramos a menudo en personas de clase alta, nobles o comunidades religiosas bien alimentadas”, apunta Rissech.
Los restos de Elisenda también indican que no sufrió episodios importantes de estrés nutricional durante la infancia, ya que no presenta hipoplasia dental, unas marcas en los dientes que aparecen cuando el crecimiento infantil se interrumpe temporalmente por malnutrición o enfermedad.

Las primas de la reina también destacan físicamente respecto al resto de mujeres estudiadas. Tanto Elionor de Pinós como Constança de Cardona superaban ampliamente la altura femenina habitual de la época. “Las mujeres relacionadas biológicamente con la reina son claramente más altas que el resto”, señala Rissech. Esta diferencia alimenta la leyenda de un posible origen gótico o visigodo de estos linajes nobiliarios, una idea defendida por algunos genealogistas antiguos, pero nunca demostrada documentalmente.
El estudio también ha identificado lesiones traumáticas y enfermedades en varios de los restos. Sobirana d’Olzet, considerada la primera abadesa del monasterio, presenta una grave lesión cortante en el lado izquierdo de la cara que destruyó parte del pómulo y la órbita ocular. Los investigadores no pueden determinar si la herida le causó la muerte o si se produjo poco después, durante los procesos de manipulación funeraria de los restos.
En muchos casos, los restos muestran signos de vida cotidiana y envejecimiento, algo que concuerda con la edad de las religiosas en el momento de la muerte según los registros históricos. Varias mujeres presentaban artrosis en las rodillas, la mandíbula o las vértebras. Algunas características halladas en los huesos podrían estar relacionadas con actividades repetitivas, como la confección de tejidos o pasar horas rezando de rodillas.

Tumbas alteradas e individuos desconocidos
La situación cambia radicalmente en las tumbas de Artau de Foces, Ròmia de Sarrià y Francesca Saportella. En estos casos, el equipo investigador ha encontrado restos parciales de varios individuos, algunos de los cuales no encajan ni cronológica ni biográficamente con la documentación histórica conservada.
En el sepulcro de Artau de Foces, por ejemplo, aparecieron cinco individuos desconocidos: dos mujeres jóvenes y varios niños. Ni rastro del caballero Artau. Una de las mujeres conservaba aún una larga cabellera y restos de tejidos blandos, con el cuerpo parcialmente tratado con paja y hierbas aromáticas. Los investigadores creen que el cuerpo pudo haber sido expuesto o sometido a algún tipo de tratamiento funerario especial. El equipo descarta que alguna de estas mujeres pueda ser la esposa de Artau de Foces, ya que ninguna murió en edad fértil.
También se han identificado varios niños, algunos con patologías graves. Por ejemplo, un niño de entre dos y tres años que presenta lesiones óseas compatibles con déficits nutricionales severos y enfermedades prolongadas. “Fue un niño muy enfermo”, resume Rissech. Los huesos muestran porosidades anómalas y lesiones compatibles con falta de vitaminas y problemas de salud sistémicos.

Una mujer embarazada enterrada con el feto
Uno de los hallazgos más singulares corresponde a la tumba atribuida a Francesca Saportella. Allí, los investigadores esperaban encontrar a una única mujer de unos sesenta años, pero localizaron restos de nueve individuos distintos. Entre ellos, los de una mujer en edad fértil que conservaba un feto de entre veinte y veintitrés semanas de gestación.
Los restos indican que el feto “venía de nalgas” y que el parto nunca llegó a completarse. “Seguramente se trata de un parto prematuro o de un aborto tardío”, explica Rissech. Según la investigadora, la mujer murió durante el proceso.
Los restos no pueden corresponder históricamente a Francesca Saportella, que murió a una edad mucho más avanzada. El hallazgo refuerza la idea de que algunas tumbas fueron alteradas posteriormente y reutilizadas o reordenadas en algún momento de la historia del monasterio.

Tombes abiertas y huesos desordenados
Los restos recuperados en las tumbas de Francesca Saportella y de Ròmia de Sarrià son los que generan más interrogantes. Además de la mezcla de individuos, han aparecido miembros momificados, cráneos con lesiones punzantes compatibles con armas blancas y objetos relativamente recientes, como fragmentos de papeles y partituras musicales.
Para el equipo investigador, una de las hipótesis más plausibles es que algunos sepulcros fueran abiertos durante episodios convulsos posteriores, quizá entre los siglos XVIII y XIX, y que los huesos fueran manipulados o reordenados. Relacionan prudentemente esta posibilidad con periodos de inestabilidad histórica, saqueos y abandonos temporales de los espacios monásticos: “Es evidente que estas tumbas se abrieron”, afirma Rissech, y añade que lo que hay que interpretar es “cuándo, por qué y qué ocurrió exactamente”.
Para resolver el enigma, el equipo está llevando a cabo dataciones con carbono 14 y estudios moleculares que aún no han finalizado. También se están realizando análisis isotópicos de oxígeno y estroncio para determinar posibles desplazamientos geográficos de los individuos y reconstruir su origen. Quién sabe si, cuando dispongan de todos los datos, podrán explicar las incógnitas de los huesos de Pedralbes que, siete siglos después, todavía conservan parte de sus secretos.

