16/07/2026
Respuestas expertas sobre las olas de calor y el calentamiento global
Investigadores e investigadoras de la URV responden a preguntas clave sobre las consecuencias y los retos que plantea la creciente frecuencia e intensidad de las olas de calor para los ecosistemas, las infraestructuras, la salud, las actividades con público, el turismo y la agricultura
Investigadores e investigadoras de la URV responden a preguntas clave sobre las consecuencias y los retos que plantea la creciente frecuencia e intensidad de las olas de calor para los ecosistemas, las infraestructuras, la salud, las actividades con público, el turismo y la agricultura
Enric Aguilar, investigador del Departamento de Geografía
Director del Instituto Universitario de Investigación en Sostenibilidad, Cambio Climático y Transición Energética de la URV, es experto en datos climáticos.
¿Cómo afecta el aumento de las temperaturas al nivel del mar?
El aumento de las temperaturas en el conjunto del planeta afectará al nivel del mar a través de dos mecanismos. En primer lugar, por la pérdida de hielo de los casquetes continentales, que acaba llegando al océano y hace subir el nivel del mar. Pero el mecanismo principal es la expansión térmica del agua que, como cualquier líquido, aumenta de volumen cuando aumenta su temperatura. Las proyecciones para la región mediterránea de cara a 2050 hablan de un incremento de 23 o 24 centímetros si hiciéramos muy bien los deberes. De lo contrario, podrían ser 30 centímetros en el peor de los escenarios.
¿Qué consecuencias tiene?
Tiene un impacto evidente sobre la pérdida de ecosistemas y sobre las infraestructuras. Y esto es especialmente relevante en nuestro territorio, donde contamos con un ecosistema natural y socioeconómico tan sensible como el Delta del Ebro. Cualquiera de estos escenarios supone la pérdida potencial de parte del territorio del Delta que, además del aumento del nivel del mar, está afectado por la falta de aportaciones de sedimentos río arriba y por el hundimiento debido al peso de la masa deltaica.
Entre 23 y 30 centímetros son muchos para las infraestructuras situadas cerca del mar, como, por ejemplo, la carretera T-340 en el Delta, la B-10 y la ronda litoral de Barcelona. Lo mismo ocurre con las infraestructuras ferroviarias, como la línea Tarragona-Barcelona o la del Masnou. Al deficiente mantenimiento se suma el hecho de que estas infraestructuras se ven cada vez más comprometidas por el aumento del nivel del mar. También hay que tener en cuenta el sobrepasamiento de los diques de los puertos y la pérdida de superficie de las playas.
¿Se está produciendo un cambio en el comportamiento de las tormentas?
No debemos pensar únicamente en el aumento del nivel medio del mar, sino también en lo que ocurre durante episodios extremos, como el temporal Gloria. Una misma tormenta, que ya de por sí tiende a empujar el agua tierra adentro, provocará daños mayores si el nivel del mar desde el que parte es más elevado.
Ferran Grau, investigador de la Unidad Predepartamental de Arquitectura
Miembro del Centro de Investigación Urbana del Camp de la URV, es especialista en adaptación arquitectónica y urbana frente a los efectos del cambio climático.
¿Cómo se puede intervenir desde el diseño arquitectónico y la planificación urbanística para mitigar los efectos de las altas temperaturas?
Las consecuencias de lo que sufrimos hoy tienen su origen principalmente en las décadas de 1960 y 1970, cuando con frecuencia se construyó muy cerca del mar, en los cauces de ríos y ramblas y en zonas de humedales. Por tanto, lo primero que hay que hacer al intervenir sobre lo ya construido es analizar en qué lugares se ha edificado. Después, seguramente será necesario deconstruir o desimpermeabilizar el suelo y, desde el punto de vista arquitectónico, adaptar estas construcciones para reducir la demanda energética, principalmente mediante un buen aislamiento de los edificios o la integración de sistemas pasivos de control climático.
¿Y a la hora de construir desde cero?
Cuando tenemos que actuar en un emplazamiento nuevo, lo primero que debemos hacer es estudiarlo a fondo, comprender, desde una perspectiva territorial, cuál es su relación con las infraestructuras y cómo se accede a él. Después, si hay que construir de nuevo, es necesario hacerlo incorporando sistemas pasivos de control climático que reduzcan la demanda energética y evitando pavimentar el suelo o procurando que sea lo menos rígido posible. Y, sobre todo, en nuestro clima es muy importante la gestión del agua, tanto en los espacios ya construidos como en los de nueva creación, porque desempeña un papel fundamental ante la evolución del cambio climático.
Indira Paz, investigadora del Departamento de Bioquímica y Biotecnología
Miembro del grupo de investigación en Alimentación, Nutrición, Desarrollo y Salud Mental, es especialista en el impacto de la alimentación y el estilo de vida sobre la salud cardiometabólica y la salud mental.
¿Cómo afecta el aumento de las temperaturas a la salud de las personas?
Con el incremento de la frecuencia de las olas de calor, nuestro cuerpo tendrá que adaptarse para mantener una temperatura corporal estable. Esto aumenta el riesgo de deshidratación, golpes de calor, agotamiento físico y también de alteraciones del estado de ánimo, como una mayor apatía o irritabilidad.
¿Cuáles son los colectivos con mayor riesgo?
Las personas que padecen alguna enfermedad crónica, como diabetes o hipertensión, tienen un mayor riesgo de sufrir estas consecuencias del calor. También los niños, que cuando juegan suelen olvidarse de beber agua, y las personas mayores, porque a medida que envejecemos perdemos la sensación de sed y, cuando esta aparece, es porque ya estamos deshidratados.
¿Cómo debemos hidratarnos?
Es importante disponer de recursos para hidratarnos a lo largo del día, ya que es preferible beber pequeñas cantidades de agua de forma constante. También podemos recurrir a alimentos ricos en agua, como frutas como la sandía y el melón, o verduras como el pepino, que nos aportan agua y ayudan a mantener una buena hidratación. Son preferibles alimentos como las sopas frías, por ejemplo el gazpacho, frente a comidas copiosas y ricas en grasas, ya que estas son más difíciles de digerir y, por tanto, generan más calor en el organismo.
¿Y en cuanto a la actividad física?
Para las personas que desean realizar actividad física, es importante recordar que es preferible hacerla a primera hora de la mañana o a última de la tarde, cuando las temperaturas hayan descendido un poco. También es fundamental mantenerse hidratado y utilizar ropa ligera para evitar una producción excesiva de calor.
Òscar Saladié, investigador del Departamento de Geografía
Decano de la Facultad de Turismo y Geografía y miembro del Grupo de Análisis Territorial y Estudios Turísticos de la URV, lidera una nueva línea de investigación sobre la adaptación de las actuaciones castelleras al cambio climático.
¿Cómo deben adaptarse las actividades al aire libre con público, como los castells?
Todas las actividades al aire libre están condicionadas por la meteorología y, por tanto, por el aumento de las temperaturas en verano, debido en buena medida al cambio climático, así como por una mayor frecuencia e intensidad de las olas de calor. Por ello, ante el aumento de la probabilidad de que se produzcan situaciones meteorológicas adversas que coincidan con la celebración de actividades como las actuaciones castelleras, los organizadores deben adaptar la actividad a la nueva realidad climática.
¿Cómo? Por ejemplo, modificando el horario. Si la actividad tiene lugar durante las horas centrales del día, cuando las temperaturas son más elevadas, puede trasladarse a primeras horas de la mañana o a última hora de la tarde.
Si esto no es posible por motivos socioculturales, otra opción es generar más zonas de sombra y, obviamente, garantizar un suministro constante de agua, tanto para los castellers como para el público asistente. Se trata, en definitiva, de aplicar el sentido común: evitar una exposición excesiva al sol, mantenerse hidratado, protegerse la cabeza… para reducir los riesgos de situaciones perjudiciales desde el punto de vista de la salud.
Anna Boqué, investigadora del Departamento de Geografía
Miembro del Centro en Cambio Climático de la URV, es experta en servicios climáticos y adaptación al cambio climático en distintos sectores.
¿Están cambiando las preferencias de los destinos turísticos?
El aumento global de las temperaturas afecta al turismo porque los turistas buscan disfrutar de las mejores condiciones posibles durante sus vacaciones. Por ello, es lógico que un destino turístico que antes ofrecía unas condiciones óptimas de confort deje de serlo durante los meses de julio y agosto.
Como consecuencia de este cambio de temperaturas, por un lado, los turistas pueden optar por destinos más frescos, como los países del norte de Europa o las zonas del norte de España y de montaña.
Por otro lado, quienes tienen flexibilidad para elegir sus vacaciones también tienden a evitar los meses de julio y agosto, lo que contribuye a ampliar la temporada turística hacia la primavera y el otoño.
Míriam Lampreave, investigadora del Departamento de Bioquímica y Biotecnología
Miembro del Grupo de Investigación en Vitivinicultura de la URV, es ingeniera agrónoma especialista en viticultura.
¿Cómo afectan las olas de calor a los cultivos?
Ya no hablamos de picos de temperatura, sino de olas de calor con temperaturas que alcanzan los 35 y 40 grados durante varios días. A ello hay que añadir que, aunque sin un escenario térmico tan extremo, se acumularon tres años de intensa sequía y, por tanto, de déficit hídrico. Las olas de calor afectan tanto al fruto como a la planta. Al agricultor le preocupan tanto las consecuencias cualitativas como cuantitativas: cómo disminuirá la cosecha y qué calidad tendrá. Pero, a largo plazo, si este proceso térmico se prolonga y se repite, puede llegar a provocar la muerte de las plantas.
A ello se suma que el cambio hacia un clima con temperaturas más elevadas y menor humedad ha agravado el impacto de plagas y enfermedades, además de favorecer la aparición de otras nuevas en zonas donde antes no se daban las condiciones óptimas para su desarrollo. Es el caso del mosquito verde y el oídio de la vid, que han incrementado su severidad, así como la mosca del olivo y diversas enfermedades fúngicas en cultivos hortícolas.
¿Y, específicamente, sobre el viñedo?
La vid, que es una planta resistente a la sequía, dispone de estrategias naturales para hacer frente a estas situaciones. Sin embargo, cuando las condiciones son muy extremas, llega un momento en que ya no puede seguir adaptándose y comienza un proceso de deterioro que afecta a todos sus niveles. Es precisamente lo que está ocurriendo, porque llevamos varios años en esta situación.
Algunas variedades ya presentan daños importantes, ya que la planta detiene su actividad y dedica todos sus recursos a intentar sobrevivir cuando las temperaturas son muy elevadas. Como consecuencia, deja de crecer, la uva no madura ni gana peso y, por tanto, se obtiene una uva poco madura, con baja producción y una calidad insuficiente.
¿Qué herramientas tienen los viticultores para hacer frente a esta situación?
Una opción es trasladar los viñedos a zonas más frías. De hecho, antiguamente había viñedo en toda Cataluña, también en áreas de montaña. Se están volviendo a plantar viñas y se está recuperando el cultivo en zonas abandonadas, por lo que esa es una de las vías a seguir. En cambio, algunas zonas bajas del Priorat, el Montsant y el Penedès están sufriendo especialmente y podrían verse obligadas a arrancar o abandonar el cultivo de la vid. No obstante, no todo el viñedo catalán puede trasladarse al Pirineo, ya que se trataría de una viticultura heroica: el cultivo en alta montaña es mucho más complejo y no podría acoger todas las hectáreas de viñedo que actualmente se encuentran en zonas llanas.
Otra opción consiste en sustituir variedades. Las mejor adaptadas son las autóctonas, como la Garnacha o el Xarel·lo. En cambio, variedades foráneas, más tempranas, aromáticas y frescas, como Chardonnay, Pinot o Gewürztraminer, no son capaces de soportar estas condiciones térmicas. Por ello, una estrategia consiste en reemplazar las variedades que ya han empezado a sufrir.
Incluso podría plantearse la sustitución de algunos cultivos actuales por especies propias de zonas tropicales, como el mango, el aguacate, el níspero, la papaya o la chirimoya. Sin embargo, muchos de estos cultivos requieren más agua que los cultivos mediterráneos de secano. Dado que el clima tropical es más lluvioso que el mediterráneo semiárido, su viabilidad sin disponibilidad de riego puede ser limitada.
Una cuarta opción es el riego, ya que el agua actúa como refrigerante. Si la planta dispone de agua, aunque las temperaturas sean muy altas, puede transpirar, mantener su temperatura por debajo de los límites críticos y continuar con el proceso de maduración. En la Terra Alta, por ejemplo, que es una zona térmicamente complicada, disponen de agua, y en el Penedès y el Priorat ya se han empezado a instalar sistemas de riego. El problema es que en Cataluña no hay suficiente agua para regar toda la superficie de viñedo, por lo que esta tampoco es una solución definitiva.
La otra estrategia es el manejo del suelo: intentar que se pierda la menor cantidad posible del agua de lluvia y de riego para que la planta pueda aprovecharla. Esto es fundamental porque, con las altas temperaturas, el agua del suelo se evapora muy fácilmente. Sin embargo, mediante cubiertas vegetales, acolchados (mulching) y distintos tipos de laboreo es posible reducir esa evaporación, de modo que la escasa agua disponible sea aprovechada al máximo por la planta.
Estas medidas son extrapolables a los cultivos mediterráneos de secano. En cualquier caso, es necesaria una estrategia de país que permita analizar cuál es la mejor solución para cada territorio y trabajar en esa dirección según las características de cada zona y de cada variedad. Porque no existe una única solución ni todos los problemas pueden resolverse de la misma manera.
